El Superclásico que atrapa a creyentes y ateos del fútbol
volvió a disputarse. Fue un partido vibrante. River Plate, recientemente
ascendido, venció 3 a 1 a Boca. David Trezeguét, con un remate desde afuera del
área, sentenció el partido y les dio el tan ansiado triunfo a los simpatizantes
Millonarios. Rodrigo Mora, quien pasó desapercibido en el partido, salió
antes de que se venga el empate del club Xeneize. El partido finalizó. River
ganó y Boca demostró ráfagas de buen fútbol.
Bien, es hora de asumir lo que pasó. En el momento en que se
ponían a pensar los titulares para el día siguiente. Cuando los estadistas
modificaban los números, Boca lo empató. Sí, leyó bien.
El remate de Trezeguét, desde afuera del área, desembocó en
un contraataque letal de Boca Juniors. La jugada, conducida por el joven
Paredes y finalizada por Walter Erviti, terminó en el gol del empate. Rodrigo
Mora, quién había sido la tortura de la última línea defensiva de Boca, salió
por Funes Mori. Fue 2 a 2. Hasta el otro Superclásico. Fin de la historia.
Señores, y más aún va dirigido a los jóvenes. El fútbol es
prueba y error. Es el arte de la improvisación. No se queden solamente con el
remate último de Trezeguét o con el partido que hizo Mora. Qué culpa tiene Trezeguet de haber rematado.
Es goleador. Es delantero. Qué podía saber él que luego vendría el gol de Boca.
Basta de decir que si Mora se quedaba en la cancha, River ganaba. Con Mora en
cancha, Boca podría haberlo empatado y hasta incluso haberlo ganado. Queridos
amigos, los partidos no se cierran. Poner más defensores no es el secreto del
éxito.
Acuérdense de Alemania 2006.
Argentina estaba siendo muy superior a los alemanes ; con Riquelme en
cancha. El equipo de Pekerman jugaba al fútbol con identidad y presencia. Luego
intentó jugar a defender, sacando a Riquelme y dejando a una joya como Lionel
Messi en el banco. Jugando a defender, Alemania lo empató. Los que sabían tratar a la pelota como
Riquelme y Messi vieron como su país quedaba eliminado desde el banco de los
suplentes, sin poder hacer nada. Más aún Agüero, que lo vio por televisión.
Ejemplo claro y certero.
Pero hay algo alarmante. Se juega mal. Con miedo.
Presionados. Faltan educadores de fútbol. Los mejores: están afuera. Aquí
quedan apenas destellos. Hoy, los frutos los recogen Martino y Gareca. Newell´s y Vélez, los dos
mejores equipos de la Argentina. Causalidad. No casualidad.
Ilusiónense. No todo está perdido. Por momentos aparecen
aquellos Superclásicos en los arranques de Rodrigo Mora, como aquellos punteros
rápidos e insistentes. O también en la suela de Leandro Paredes, quién se calzó
el traje de héroe un par de minutos y modificó la tapa de los diarios del
lunes.
Bien. El fútbol es preocupante. Pero hay algo que es aún
peor. Y que se juega afuera. En las tribunas. Aquí está lo que verdaderamente
se convirtió en un Superclásico. En algo común y corriente: la violencia.
Pasa todo el tiempo. En todas las canchas. Son amos y señores
del fútbol. Y hoy se convierten en protagonistas. Ellos son las tapas de los diarios y temas de
conversación. Los violentos. O los delincuentes. O los discriminadores. Llámelos
como quiera.
Tal vez ustedes prefieran que hubiese entrado el remate de
Trezeguét y no quedase evidenciada la malaria que tiene uno y sí la de otro.
Pero esto dejó en claro una vez más que el fútbol es prueba y error. Que hay
cosas que no tienen explicación. Lo que sí tiene explicación, y es hora de
encontrarle una solución, es que los violentos y delincuentes gobiernan al
fútbol. ¿Merece seguir llamándose fútbol? ¿Hacia dónde vamos?
Muertes, heridos, insultos, discriminación. Sí, ésto ya es un
Superclásico en la Argentina…
