El fútbol ha convertido a los entrenadores en
protagonistas. Atrás quedó el Santos de
Pelé o el Nápoli de Maradona, por citar algunos ejemplos. Hoy, los libros hablan del Barcelona de Guardiola,
o el Inter de Mourinho, entre otros.
Dicen que ningún jugador es tan bueno como todos juntos. Y todos juntos
juegan de tal o cual manera, gracias a su entrenador.
Carlos Bianchi regresó a Boca Juniors. Empachado de copas,
pero han pasado diez años desde aquella última conquista continental. La víctima había sido el Santos de Brasil.
La era del último emperador que tuvo La Bombonera ha pasado.
Julio César Falcioni debe estar fumando tabaco en algún sillón de su casa,
mientras algunos de sus ex dirigidos penden de un hilo.
El fútbol genera comunión. Bianchi es el maestro de Riquelme.
Riquelme y sus discípulos veneran al calvo entrenador. Pero en Boca quedan secuelas
del último director técnico que les ha dado un título. Quedan registros de
Falcioni en las perlitas de Orión, en los errores de Caruzzo, en las faltas de
Somoza, en la ausencia de Rivero y en la desesperación de Silva. Pero no todas
son malas. Queda Walter Erviti, el
verdadero producto made in Falcioni.
A los demás, les queda poco hilo en el carretel. Orión es el
único que genera alguna duda. Comete errores garrafales, pero se hace gigante
desde los doce pasos. Caruzzo es uno de los principales culpables. Su papel
como marcador central deja mucho que desear. De todas maneras, la solución
defensiva tampoco está en las milicias de Bianchi. Habrá que esperar a junio.
Somoza se quitó sólo del camino. La vacuna contra sus
falencias se llama Cristian Erbes. Rivero tuvo momentos fugaces. La palabra
fugaz no convive con la semejante historia que tiene La Bombonera. Silva estuvo
ahí: guapo, luchador y sanguíneo en todo momento. Tal vez por eso falló, porque
cuando se necesitaba ser frío y pensante, como lo fue Palermo, no pudo contra
su ira. Jekyll y
Mr Hyde. Día y oscuridad.
Ellos pasarán, pero uno permanecerá. Walter Erviti. Por
multicampeón y habilidoso. Porta el gen de crack en sus venas. Se adapta, se
camufla, sobrevive. Se entremezclará entre los que responden a Riquelme:
Clemente Rodríguez, su fiel compañero;
Viatri, el llanero solitario y los jóvenes que actúan a imagen y
semejanza del número diez.
El apellido Erviti encaja en cualquier idea de juego. Comulga con cualquier entrenador. En el
potrero jugaba para el equipo del gordito, dueño de la pelota. O para el del líder, fanfarrón pero
habilidoso. ADN de campeón.
El oriundo de Mar del Plata debe sobrevivir a los últimos tramos
de la era Riquelme, o también puede convertirse
en un soldado de Bianchi. O quizás marcharse y conquistar nuevas tierras de cal
y césped.
Allá por el año 2003, Edward Zwick se atrevió a
dirigir una película llamada El último samurái. Erviti no será Tom Cruise, pero
conserva algo mítico de aquellos caballeros que arriesgaban su vida por el
honor y la patria. Vive en Buenos Aires, juega en Boca Juniors y es el último
falcionista que queda en La Bombonera…
