sábado, 3 de septiembre de 2011

Dios y un mortal en un sólo cuerpo.


Lo dejaron afuera, lo dejaron afuera de la Copa del Mundo que nos podría haber catapultado al éxito.

El mundo futbolístico quedó sordo, anonadado. El duelo no se realizó solamente en la Argentina sino que también se paralizaron los lugares más recónditos del mundo. Hasta Bangladesh realizó manifestaciones para volver a ver a Dios, con pantalón cortito, jugar.

Como siempre es fácil hacer leña del árbol caído. Diego pecó por ser el mejor.

La fama abrazó fuerte a un pibe que venía de Fiorito, lo descolocó. Diego no usaba estimulantes para salir a jugar un partido. Es verdad que estaba metido en la cocaína, pero se drogaba en esas fiestas tristes cuando estaba sólo. No se dieron cuenta que era un mortal con gambetas de un Dios. Como dice Eduardo Galeano, Diego jugaba mejor que nadie a pesar de la cocaína, y no por ella.

Para El Diego fue muy difícil trabajar de Dios. En Nápoles era un santo, se vendían estampitas del jugador más grandioso que se ha visto. Llevó a la gloria a un club mediocre, a codearse con los gigantes, a derribar a los clubes más grandes de Italia.

Lo llamaban Jamón con rulos los envidiosos equipos de Italia, que siempre sufrían cuando Diego pisaba el campo.

Lo idolatraron, le pusieron las prendas que utilizó el Mesías cuando cargó la cruz. Y mucho más que ello hicieron con Maradona cuando dejó pálidos a los ingleses con sus dos maravillosos goles. Para uno contó con la ayuda de Picasso, para poder trazar pinceladas de magia con su botín izquierdo. Para el otro, necesitó la ayuda de algún perdido amigo de Fiorito, picardía pura. Pero cuando el diego cayó, no era más que un farsante, un delincuente y putañero. Maradona le había fallado a los niños y había maltratado al fútbol.

Pero ese cadáver se volvió a levantar. Gracias a Diego Armando Maradona, la Selección pudo llegar al Mundial. Y en ese Mundial, el diego estaba volviendo a ser el mejor de todos.

Pero el poder tuvo que aparecer. Diego nunca se cayó la boca, era petizo, pero gigante y ácido delante de un micrófono. Maradona siempre jugó para los jugadores y estuvo en contra de aquellos que manejaban el fútbol, los empresarios del balón. En definitiva, los dueños de la pelota.

El diez se fue de la Copa del Mundo, también se fueron nuestras ilusiones. Es la historia del pibe de Fiorito que llegó a la cima, tambaleó y cayó. Aquellos “amigos” que aparecieron cuando Diego se convirtió en mitad hombre y mitad Dios, lo arruinaron.

Pudieron pararlo al pelusa fuera de un campo de juego. Pero ¿Quién pudo pararlo adentro de una cancha?

D10S era un creador de sorpresas, un torito con botines. Escondía una varita mágica dentro de la media izquierda y con ella hacía cosas descomunales. La pelota era un hueso más para él. Tenía ojos en todo el cuerpo, lo amaba hasta aquella persona que no entendía de fútbol. Una capacidad para acariciar a su novia jamás vista. Cuando cruzaba la línea media y miraba el arco, hasta aquellos caudillos de la defensa se vestían de diablos e intentaban acabar con Dios. Nunca pudieron. Con melena, pelo corto, con barba, sin barba, con aritos o cadenitas. Dios se vistió de todas formas pero siempre tuvo una preferencia. Tener tatuada la celeste y blanca.

Diego Armando Maradona, un Dios adentro de la cancha, un hombre fuera de ella.

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