Roger Federer convence y contagia con su tenis a cualquier ser humano. Opta por el esfuerzo y la dedicación. Invita hasta al más detractor de su estilo a sentarse y disfrutarlo. Porta un juego elegante que trasciende y atraviesa épocas.
De la ciudad de Basilea surgió el que años más tarde iba
a ser señalado como el mejor tenista de todos los tiempos. Hasta los catorce
años divagó por el mundo del deporte sin un destino cierto. El fútbol y el
hockey sobre hielo lo seducían, hasta que en 1995 su vida hizo un click. Eligió
a la raqueta de tenis como compañera hasta el final de su vida deportiva. Así, Roger comenzó a escribir la historia más
rica del tenis.
Quizá Federer le deba su sencillez a que creció en un entorno de ganaderos y
agricultores, en las afueras de Basilea. El suizo no se siente a gusto entre
ejecutivos con traje y maletín. El
talento siempre lo tuvo, pero hay algo que lo hace diferente al resto: su
frialdad. Es de esas pocas personas de
las cuales es imposible percibir si están felices o no. Su rostro se mantiene
impoluto antes, durante y después del partido.
Pero no siempre fue el Roger Federer que estamos acostumbrados a ver.
Cuando comenzó en el tenis tenía un carácter
insoportable, tanto, que cuando entrenaba en los centros de alto rendimiento
rompía una infinidad de raquetas que
lanzaba contra el suelo al fallar un golpe. En ese momento de su vida, cuando
debía aprender la esencia del juego sin ser un profesional, y aspirando a serlo,
apareció el técnico sueco Peter Lindgren. Éste fue quién pudo controlar su ira
y comenzar a crear al monstro que es hoy Federer.
En 1998 debutó como profesional absoluto de la ATP en el puesto
803 y dos años más tarde comenzó a ascender hasta el top 100. Pero “Rogelio” comenzó a construir el castillo de
su imperio que aún no tiene techo, en el
All England, la catedral del tenis. El
Wimbledon de 2001 marcó un antes y un después en su vida. Allí enfrentó a su ídolo, a quien hasta ese
entonces era el mejor de todos los tiempos, Pete Sampras. El suizo venció a su referente
tras más de tres horas por 7-6(7), 5-7, 6-4, 6-7 (2), 7-5. Su
estilo de juego ha hecho que siempre pertenezca a la elite, que nunca abandone
el top ten del ranking.
Especialistas en tenis, estadistas y, por qué no también,
amantes de éste deporte desde el sillón de su casa, afirman que el modo de
juego de Roger Federer se asimila al de otras épocas. Su juego lento se equipara
al de antes, en el cuál no importaba tanto la velocidad como la técnica. Es
especial, más elegante y menos vertiginoso. Lo hace desde la línea de fondo, y
sólo se acerca a la red a la hora de cerrar partidos. Estamos en condiciones de
comparar al nacido en Basilea con un maestro.
Puede arrancar perdiendo, pero con Federer en cancha uno sabe que no debe
moverse de la platea o del televisor.
Uno conoce de su perseverancia, que no lo ha abandonado jamás, que lo ha hecho
resurgir de las cenizas como a un ave fénix. Roger siempre dice “Me gusta jugar
contra tipos que me han derrotado al principio de mi carrera. Creo que será
interesante ver cómo ambos hemos mejorado”.
Los amantes de otros estilos de juego como el de Nadal o
Djokovic ya no saben que récord inventar, porque él siempre está ahí. Para
quebrar cualquier tipo de pronóstico, para derrumbar especulaciones, para demostrar
quién es Roger Federer. El “relojito suizo” es el jugador con más Grand
Slams (17), el jugador con más finales de Gran Slam (24), el que más victorias
tiene en Grand Slam (244), el de más títulos del torneo Masters (6), el que más
ganancias económicas tiene en todos los tiempos (72.9 millones dólares), el que
más semanas seguidas ha sido el número uno del mundo (237). 88 récords
tendríamos que enumerar para demostrar estadísticamente porque es el mejor de
todos los tiempos.
Con todas estas condecoraciones encima y el
reconocimiento eterno por ser un verdadero maestro, sería aún más conmovedor
que Roger rompa alguna vez con el protocolo de Señor y deje, por ejemplo, que sus dos pequeñas niñas invadan la
cancha al consagrarse campeón de un torneo. Quizás esa distancia y frialdad que
imponen los helvéticos ante los medios la guarden para casa.
Hoy, a los 30 años, conserva el mismo espíritu de juego
que tenía cuando eligió tomar el mango de la raqueta con su mano derecha para
inmortalizarse en cada slice convertido, en cada ace acertado. Siempre ha sido competitivo, siempre humilde
en las eras de Nadal y en la breve estancia de Djokovic como el mejor. Lamentablemente, es de carne y hueso. De lo contrario podríamos verlo lucirse en
una cancha de tenis hasta quién sabe qué edad. Seamos devotos de estos tiempos, porque usted
y yo hemos visto jugar a la leyenda viviente, hemos visto jugar a Roger Federer.
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