martes, 10 de julio de 2012

Un hombre con temple de acero, la perseverancia de un deportista que hará eco en la eternidad.



Roger Federer convence y contagia con su tenis a cualquier ser humano. Opta por el esfuerzo y la dedicación. Invita hasta al más detractor de su estilo a sentarse y disfrutarlo. Porta un juego elegante que trasciende y atraviesa épocas.


De la ciudad de Basilea surgió el que años más tarde iba a ser señalado como el mejor tenista de todos los tiempos. Hasta los catorce años divagó por el mundo del deporte sin un destino cierto. El fútbol y el hockey sobre hielo lo seducían, hasta que en 1995 su vida hizo un click. Eligió a la raqueta de tenis como compañera hasta el final de su vida deportiva.  Así, Roger comenzó a escribir la historia más rica del tenis.
Quizá Federer le deba su sencillez a que  creció en un entorno de ganaderos y agricultores, en las afueras de Basilea. El suizo no se siente a gusto entre ejecutivos con traje y maletín.  El talento siempre lo tuvo, pero hay algo que lo hace diferente al resto: su frialdad.  Es de esas pocas personas de las cuales es imposible percibir si están felices o no. Su rostro se mantiene impoluto antes, durante y después del partido.  Pero no siempre fue el Roger Federer que estamos acostumbrados a ver.
Cuando comenzó en el tenis tenía un carácter insoportable, tanto, que cuando entrenaba en los centros de alto rendimiento rompía una infinidad  de raquetas que lanzaba contra el suelo al fallar un golpe. En ese momento de su vida, cuando debía aprender la esencia del juego sin ser un profesional, y aspirando a serlo, apareció el técnico sueco Peter Lindgren. Éste fue quién pudo controlar su ira y comenzar a crear al monstro que es hoy Federer.

En 1998 debutó como profesional absoluto de la ATP en el puesto 803 y dos años más tarde comenzó a ascender hasta el top 100. Pero  “Rogelio” comenzó a construir el castillo de su imperio que aún no tiene techo,  en el All England, la catedral del tenis.  El Wimbledon de 2001 marcó un antes y un después en su vida.  Allí enfrentó a su ídolo, a quien hasta ese entonces era el mejor de todos los tiempos, Pete Sampras. El suizo venció a su referente  tras más de tres horas por  7-6(7), 5-7, 6-4, 6-7 (2), 7-5. Su estilo de juego ha hecho que siempre pertenezca a la elite, que nunca abandone el top ten del ranking.
Especialistas en tenis, estadistas y, por qué no también, amantes de éste deporte desde el sillón de su casa, afirman que el modo de juego de Roger Federer se asimila al de otras épocas. Su juego lento se equipara al de antes, en el cuál no importaba tanto la velocidad como la técnica. Es especial, más elegante y menos vertiginoso. Lo hace desde la línea de fondo, y sólo se acerca a la red a la hora de cerrar partidos. Estamos en condiciones de comparar al nacido en Basilea con un maestro. Puede arrancar perdiendo, pero con Federer en cancha uno sabe que no debe moverse de la platea o  del televisor. Uno conoce de su perseverancia, que no lo ha abandonado jamás, que lo ha hecho resurgir de las cenizas como a un ave fénix. Roger siempre dice “Me gusta jugar contra tipos que me han derrotado al principio de mi carrera. Creo que será interesante ver cómo ambos hemos mejorado”.
Los amantes de otros estilos de juego como el de Nadal o Djokovic ya no saben que récord inventar, porque él siempre está ahí. Para quebrar cualquier tipo de pronóstico, para derrumbar especulaciones, para demostrar quién es Roger Federer. El “relojito suizo” es  el jugador con más Grand Slams (17), el jugador con más finales de Gran Slam (24), el que más victorias tiene en Grand Slam (244), el de más títulos del torneo Masters (6), el que más ganancias económicas tiene en todos los tiempos (72.9 millones dólares), el que más semanas seguidas ha sido el número uno del mundo (237). 88 récords tendríamos que enumerar para demostrar estadísticamente porque es el mejor de todos los tiempos.  
Con todas estas condecoraciones encima y el reconocimiento eterno por ser un verdadero maestro, sería aún más conmovedor que Roger rompa alguna vez con el protocolo de Señor y deje, por ejemplo, que sus dos pequeñas niñas invadan la cancha al consagrarse campeón de un torneo. Quizás esa distancia y frialdad que imponen los helvéticos ante los medios la guarden para casa.

Hoy, a los 30 años, conserva el mismo espíritu de juego que tenía cuando eligió tomar el mango de la raqueta con su mano derecha para inmortalizarse en cada slice convertido, en cada ace acertado.  Siempre ha sido competitivo, siempre humilde en las eras de Nadal y en la breve estancia de Djokovic como el mejor.  Lamentablemente,  es de carne y hueso.  De lo contrario podríamos verlo lucirse en una cancha de tenis hasta quién sabe qué edad.  Seamos devotos de estos tiempos, porque usted y yo hemos visto jugar a la leyenda viviente, hemos visto jugar a Roger Federer

No hay comentarios:

Publicar un comentario