lunes, 17 de septiembre de 2012

Desde Quilmes veía Las Vegas…


Hace varios años, Jack London, escritor y aficionado del boxeo, escribió su obra Por un bistec. Contaba la historia de Tom King,  un púgil ya maduro que debe ganar  un combate para poder alimentar a su familia. La pelea se da entre el viejo héroe y un joven con futuro. Los músculos de King representaban para él una carga, era de movimientos lentos y pesados. Sus cuarenta años de vida se le habían venido encima. Su rival, Sandel, estaba fresco. Era el de los músculos tonificados. Rápido y hábil. Tenía el futuro por delante. Era el espejo de lo que alguna vez fue King. Allí se enfrentaron la juventud, siempre bella y favorita, contra la experiencia. La juventud ganó.
Aquel final victorioso para la futura promesa, no salió de un cuento. Permaneció en el cerebro de Jack London. Porque el día sábado, por donde desfilaron los púgiles más grandes de la historia, la experiencia le dio una lección a la juventud.
Sergio Maravilla Martínez venció a Julio César Chávez Jr. Lo dejó más junior de lo que era.
Fue una pelea épica. De película. La que ningún guionista de Hollywood se hubiese imaginado jamás. El round número doce paralizó al corazón de más de cuarenta millones de argentinos. Martínez cumplió con lo que prometió: inflarle la cara a golpes. Era de película también que  Chávez sacara ese sablazo que casi lo deja fuera de combate. Se levantó y pegó. Recibió y pegó. Pego y recibió. Luego de la era Monzón,  fueron los treinta segundos finales más emocionantes en el boxeo argentino.
Maravilla no es el que se vio previo a la pelea con el mexicano. El argentino debió provocarlo. Tenía que ponerlo en ridículo. A Chávez le gusta ese juego de palabras, acusaciones  y entredichos. Los mexicanos compran el show. Los Yankees, también.
El nacido en Avellaneda se consagró campeón del mundo. Ahora debe ponerse a punto nuevamente para defender lo que le pertenece. El nacionalismo criollo se presentará donde sea que Martínez vuelva a pelear. Se lo ganó. Más de cincuenta puntos de rating lo corroboran.

Es la hora de quitarse el traje de Superman y volver a ser Clark Kent. De regresar a los zapatos brillosos, los lentes con marco negro, el peinado intachable y su sonrisa cargada de historias. Martínez mando al diablo al cuento de Jack London. Se espera que ahora no se acuerde solamente de los amigos del campeón. Quedan esperanzas de  que siga siendo él. El que atiende sus teléfonos, el que responde mails y habla con la gente, cómo Clark Kent…

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