Baltasar Hidalgo
de Cisneros y de la Torre fue el último Virrey del Río de la Plata.
Marino español designado al cargo de Virrey por la Junta Central. Terminó
huyendo porque lo que años más tarde sería una República, no necesitaba de un
Virrey. En estos tiempos que corren, el sorprendente mundo del fútbol ha
bautizado como Virrey de América a Carlos Bianchi, DT argentino. Carlos conoció
las mieles del éxito a comienzos del nuevo milenio, pero diez años después, el
fútbol argentino aprendió a convivir sin él. Sí, sin él. Porque el fútbol no es
un Virreinato ni mucho menos declaraciones triunfalistas. El fútbol es
simplemente fútbol. Por ello no necesita de dioses, reyes ni príncipes.
Ante todo, vale aclarar que les propongo un juego de
fantasías y suposiciones. Porque, como todos sabemos, ya no existe Cisneros,
Cisneros no fue como Bianchi y Bianchi no es un Virrey.
Carlos “se despertó de la siesta” suponiendo que todo seguía
igual. Suponiendo que Dida aún ataja en el Milán y Shevchenko sigue siendo su
joya y que en Erbes puede encontrar a su Diego Cagna. Lo cierto es que Dida
gasta sus últimos cartuchos en el fútbol brasileño, Shevchenko se dedica al
golf y Boca juega sin carrilero derecho.
Volvió hecho un rememorador de hazañas y un enemigo de la
comunicación. Carlos, ni siquiera el periodismo continúa siendo el mismo que
hace diez años por más que Tití y Benedetto continúen haciendo campo de juego.
Ya no se rodea de tipos que saben de fútbol y se acobija
diciendo que “Román, con su fútbol, nos va a aportar algo diferente”. Don
Carlos, se lo hubiese creído si Riquelme fuese el mismo que le hizo un
fenomenal caño a Yépes. Los años pasan para todos. Y deje, de una vez por
todas, de hablar de la suerte. Porque la suerte es el momento en el que la
preparación y la oportunidad se cruzan. Y su equipo no sabe mucho de
preparación.
No son tiempos de Virreyes, aunque en La Bombonera
aterrice un mellizo, un loco o un vasco. Pero esa, es otra historia…

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